Artículo publicado en EL ESPAÑOL el 5 de febrero de 2022 Con sus usos y costumbres, el Derecho parlamentario tiene históricamente claro que las votaciones son sacrosantas: primero se discute y, posteriormente se vota. El resultado es la voluntad de la Cámara, que vincula a todos por igual. Es más, para velar por la pureza de ese procedimiento, en el Estado democrático se establece una serie de cautelas, desde las muy constitucionales de prohibir el voto imperativo y la delegación del voto así como garantizar la inviolabilidad de los parlamentarios, hasta los detalles reglamentarios de prohibir las entradas y salidas del hemiciclo. Por eso, una vez producida la votación, no vale arrepentirse, ni alegar error, ni nada parecido para cambiar el sentido de un voto. Cada diputado es responsable de sus actos y si ha votado lo que no quería votar, que hubiera tenido más cuidado. Por decirlo con fórmula clás...