Artículo publicado en EL PAÍS el 13 de abril de 2022
Esa
visión positiva de los romanos y negativa de los fenicios es la visión
tradicional española desde que Plutarco los definiera como “un pueblo descortés
y lleno de rencor, sumiso a los dominadores, tiránico con los que domina, feroz
cuando es provocado, firme en sus propósitos y tan estricto como contrario a
todo humor y gentileza”. Seguramente hay
varias razones para ello, incluyendo cierto antisemitismo difuso, pero me
parece que la principal es la baja consideración que los romanos tenían del
comercio y los comerciantes, prejuicio que en buena medida pasó a nuestra
cultura cristiana, con la historia de Jesús expulsando a los mercaderes del
Templo contada miles de veces. Otras muchas situaciones en la Historia y en la
Literatura dan buena prueba de nuestro repudio al comercio, comenzando por el
fuerte sentido peyorativo del adjetivo fenicio en castellano, que de alguna
forma heredaron los comerciantes genoveses y venecianos en la Edad Moderna y
los catalanes, en la Contemporánea. Nuestros héroes tradicionales son
conquistadores, desde Alejandro Magno hasta Napoleón, pasando por el Cid y
Hernán Cortés. Si recordamos a Marco Polo, es más por las historias que nos
cuenta de China y el Gran Khan en El
libro del millón que porque éste fuera un verdadero manual de comercio
internacional, básico para el restablecimiento de la Ruta de la seda, una vía
de relación pacífica entre las grandes civilizaciones euroasiáticas. Antonio
Escohotado, del que ya añoramos su marcha, ha recogido todos estos precedentes
en su trilogía Los enemigos del comercio.
Aunque
no tiene la épica de la Ilíada, ni la de los caballeros andantes, no cabe duda
de que el comercio es un elemento de civilización moralmente muy superior a la
conquista y colonización porque respeta al pueblo menos desarrollado y porque
se basa en la libertad: solo comercian aquellos que quieren hacerlo. Es más,
las dos partes salen beneficiadas de ese intercambio, en contra de un tópico
muy arraigado, tanto que -como San Mateo- todavía hay quien cree que las
tiendas son “cuevas de ladrones”.
Fenicia, Venecia, Génova, Ragusa, la Liga Hanseática, Holanda, talasocracias más basadas en el comercio
que en el ejército, son sin duda modelos moralmente superiores a los imperios
militares. Sin embargo, los mercaderes no han perdido su mala prensa en el
mundo moderno, como demuestra lo habitual que es achacar a la “Europa de los
mercaderes” aquellas decisiones de la Unión que no se comparten. La versión más
elegante y refinada de esa animadversión al comercio es la apócrifa atribución
a Jean Monnet de la frase “si tuviera que comenzar de nuevo la construcción de
Europa lo haría por la cultura” (una vez demostrada su falsedad, los
recalcitrantes añaden: pero podría haberla dicho).
Sin
embargo, el gran éxito de la Unión Europea ha consistido, precisamente, en
crear un mercado común y sobre él ir desarrollando políticas comunes y
solidaridades de hecho. En estos difíciles tiempos, los europeístas estamos
expectantes por la posibilidad de que se ponga en marcha el embrión de un
ejército europeo y nos acerquemos aún más a los Estados Unidos de Europa que
desde Víctor Hugo llevan imaginando algunos visionarios. Pero en ese gran
objetivo no debemos olvidar los pequeños pasos comerciales, que terminan
cristalizando en grandes éxitos sociales. Por eso, espero con la misma ilusión
que en 2022 por fin termine el proceso de ratificación del Acuerdo de Libre
Comercio UE- Mercosur firmado en junio de 2019 (tras más de dos décadas de
negociación), pero que parece tan perdido como el templo de Heracles Melqart en
Cádiz. Ojalá que se confirme el hallazgo
de este templo en la bahía gaditana y el dios fenicio de la navegación y el
comercio ayude a ratificar el acuerdo que tan beneficioso puede ser para
Sudamérica y Europa.
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